¿Alguna vez te preguntaste de dónde viene la imagen clásica de las brujas? ¿El sombrero puntiagudo, la gran olla humeante, el gato negro y la escoba?
La respuesta no está en un libro de hechizos, ¡sino en una taberna!
Durante la Edad Media, elaborar cerveza era una tarea dominada casi por completo por mujeres, conocidas como alewives o maestras cerveceras.
Para vender su bebida en los mercados concurridos, usaban un sombrero alto y puntiagudo para destacar entre la multitud y que sus clientes las encontraran fácilmente. La cerveza se preparaba en grandes calderos de cobre, la escoba colgada en la puerta anunciaba que la tanda fresca estaba lista, y los gatos negros eran sus mejores aliados para cuidar el grano de los ratones.
Pero ellas no solo elaboraban la bebida; también fueron pioneras de la innovación técnica. En una época donde la cerveza se arruinaba rápidamente, fueron estas mujeres —con figuras históricas como Santa Hildegarda de Bingen a la cabeza— quienes comenzaron a agregar lúpulo a la receta.
El lúpulo no solo le dio ese toque amargo característico, sino que actuó como un conservante natural revolucionario. Gracias al lúpulo, la cerveza duraba semanas sin echarse a perder, permitiendo transportarla y comercializarla a mayor escala fuera del ámbito doméstico.
Sin embargo, cuando la producción de cerveza se convirtió en un negocio rentable y masivo, la competencia y la Inquisición transformaron esas herramientas de trabajo independiente en símbolos de brujería para apartarlas del mercado.
Así que al ver un sombrero de bruja, recuerda a aquellas pioneras de la cebada. ¡Un brindis por las verdaderas creadoras de la cerveza!